A veces el mito puede más que las marcas. Y nadie acaparará tanta atención en las piscinas de Río como la leyenda de Phelps, aunque a sus 31 años esté lejos de ser el número uno de los 200 mariposa. Por ahora, su último récord es el de ser el primer nadador que llega a cinco Juegos consecutivos, ya con 22 medallas a sus espaldas, 18 de oro, el mejor olímpico de la historia. Esta vez sí serán los últimos.

El número uno se quedó huérfano de ídolos al pulverizar a una estrella acuática del tamaño del australiano Ian Thorpe, tres años mayor que el estadounidense pero cuya llama olímpica se apagó hace ya 12 años, cuando ganó en Atenas 2004 sus últimas cuatro medallas, incluyendo sendos oros en los 200 y 400 metros libre. Por aquel entonces, un Phelps de 19 años (que ya disputó los preolímpicos con 15 en el año 2000) irrumpió con seis oros y aceleró el declive de su rival y figura. Como a Thorpe, a Phelps también le han perseguido las sombras de los genios atormentados. Ambos tuvieron que rehabilitarse en centros de desintoxicación por su alcoholismo, en el caso de Phelps hace un par de años después de ser pillado al volante duplicando las tasas de alcoholemia permitidas en el estado de Maryland y condenado a no disputar el Mundial de Kazan 2015.

Siete años antes, Phelps celebró sus históricas ocho medallas en los Juegos de Pekín pegándose una farra descomunal en Las Vegas que ya apuntaba hacia los excesos con el alcohol. Por aquellos tiempos, había desvelado los secretos de su éxito, poco habituales en un mundo de la alta competición que valora el esfuerzo por encima de todo: “Comer, nadar y dormir”. Nada tan sorprendente si no fuera porque con comer se refería a ingerir 12.000 calorías diarias, seis veces más que la media de un adulto normal.

Para desayunar, en Pekín se zampaba tres bocadillos de huevo frito con queso, cebollas fritas, mayonesa, tomate, lechuga, tres tazas de café, una tortilla de cinco huevos y un bol de cereales, nada que no endulzaran tres tostadas con azúcar y tres panquecas de chocolate. En el almuerzo, medio quilo de macarrones, dos bocadillos de queso y jamón y 1.000 calorías de bebida energética, cantidad que repetiría para la cena junto a otro medio kilo de macarrones y una pizza enterita. Vamos, lo típico que recomiendan las madres antes de meterse en el agua a nadar.

Él mismo reconoció haberse dejado llevar por la desidia tras los Juegos y la fiesta de Las Vegas. No sorprende que engordara ocho kilos al bajar el ritmo de competición post-olímpico. Pero volvió en 2012 para ganar seis medallas y consolidarse como el mejor de la historia. Dijo que era su despedida. Pero, sin saberlo, mentía.

Tal vez el déficit de atención que le diagnosticaron de niño, y que animó a su madre a apuntarlo a natación como forma de terapia, le impide llenar los vacíos que en su vida dejaba la inactividad. Tardó dos años en regresar a las piscinas, poco antes de ser suspendido por sus problemas con el alcohol, y mucho más rápido ha sido su regreso a la élite. A pesar de la inactividad acumulada, hace apenas un mes se impuso en todas las pruebas en las que se inscribió en los trials de Omaha organizados por la federación estadounidense y confirmó su pase a Río en los 200 metros estilos, los 200 mariposa y los 100 mariposa.

Phelps ha vuelto a resurgir para regresar a Río, donde en 2012 estuvo dando clases de natación en el complejo de favelas de Alemao. Y lo hace para ganar, a pesar de que cinco atletas han nadado más rápido que él, que firmó 1:54.84 en su especialidad: 200 mariposa. Son el húngaro Cseh (1:52.91), los japoneses Seto (1:54.14) y Sakai (1:54.21), el sudafricano Le Clos (1:54.21), y el húngaro Kenderesi (1:54.79). Ni las muestras de fatiga ni el hecho de que los 31 sea una edad muy avanzada para la natación hacen dudar de su capacidad para despedirse a lo grande.

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