Nací en la vieja España; mis padres por alguna razón que desconozco me pusieron por nombre Antonio José y, claro está, llevo el apellido de mi antecesor por no haber otra alternativa: Prieto; con el pasar del tiempo me hice cura franciscano ya que pensaba que reclutar almas para el más allá constituía una agradable empresa.

Ya grandecito, en 1816 mis superiores me enviaron a un país chiquito ubicado en la mitad del mundo con el propósito evangelizar y encontrar una ciudad llamada Santa Ana de Logroño de los Caballeros que había sido destruida, más o menos por 1599, por unos tipos medio raros para ese entonces conocidos como jíbaros; vale contarles que varias expediciones realizaron con estos fines algunos de mis predecesores: Don Antonio Pérez Romero y don Baltasar Tello, los sacerdotes Antonio Pérez y Antonio Rodríguez que visitaron la región periódicamente hasta muy cerca de 1800, luego Buenaventura Armendáriz, Antonio Samaniego y Antonio de la Cuadra realizaron varias incursiones a la espesa floresta.

Llegué a Cuenca a inicios del 1816 gracias a un permiso que me otorgara el Virrey de Perú, Don José Abascal con los propósitos señalados: evangelizar y descubrir. Como era de rigor me puse a la orden del Gobernador, Don Juan López de Tormaleo, y del capitán José María Suero quien conocía de las costumbres y el idioma de los nativos. Luego de varios preparativos, con ilusiones y el infaltable nerviosismo que precede a las hazañas, partimos de Cuenca el 4 de septiembre de 1816 después de conseguir el financiamiento necesario para pagar a la tropa que nos acompañaría, los cargueros de equipaje, herramientas, abalorios y regalos que podríamos entregar a los naturales.

La ruta que escogimos partía de Cuenca, atravesaba Quingeo, San Bartolomé, Sigsig y el Matanga, eterno cerro que escupía helados vientos por sus escondidos poros y desafiaba a cada instante al intrépido caminante; descendimos con enorme dificultad hacia la enmarañada selva y a cada paso crecían la esperanza, la zozobra, las ilusiones, las inmensas ganas de alcanzar los objetivos. Cruzamos ríos, varias cascadas bañaron nuestros cansados cuerpos, sentíamos que el calor nos envolvía y que la orquídea caminaba a nuestro lado animando con sus hermosos perfumes y sus incomparables colores…poco a poco nos metíamos en el trópico y eso agigantaba nuestro guerrero espíritu, nuestra sed de aventuras, nuestro deseo de gloria.

Casi 30 días tuvimos que vencer: el 2 de octubre de 1816, cuando el sol se encontraba en el cenit y empujaba las nubes hacia el lejano horizonte y dominaba el paisaje, llegamos a un espacio cubierto de naranjos y entre los ríos Bomboiza y Cupiambritza, lugar en el que nos encontramos con la tribu de los Gualaquiza; aquí los nativos me dijeron que en este lugar están sepultados los blancos, mis antepasados; en ese instante pensé que se trataba de algún fuerte fundado por los españoles a inicio de la conquista. Apenas construida una amistad segura con los anfitriones y por lo agradable del ambiente, decidí organizar la nueva población para lo que planifiqué la construcción de una capilla, un convento, casas para los nuevos colonos y huertos luego de realizar un desmonte en el que se asentaría el poblado, particularidad que comuniqué al Virrey de Perú.

En la zona pasé cuatro meses en medio de un ambiente natural complejo a pesar de lo que pudimos construir las edificaciones y la chacra, elementos suficientes para que pueda mantenerse el sacerdote que sea enviado y algunos pobladores que deseen instalarse en esta fructífera tierra. Durante este tiempo no cejamos un instante en el empeño de encontrar aquella destruida ciudad, empeño que nos permitió, luego de recorrer varios sectores, desafiando inclemencias y nostalgias, llegar a la confluencia de los ríos El Rosario y San José, hermoso lugar en el que encontramos una considerable extensión de ruinas que me hizo pensar que había cumplido una parte de los iniciales propósitos, lo que de inmediato comuniqué a las autoridades de Lima, Cuenca y la Real Audiencia de Quito. Después de mucho tiempo se supo que me había equivocado, que tales ruinas no eran los restos de la buscada Logroño sino de antiguos asentamientos de culturas prehispánicas que habitaron esos valles muchísimos años atrás.

El 23 de enero de 1817, seguro de haber cubierto los objetivos trazados, regresé a Cuenca para trasladarme casi de inmediato a Lima y entregar detalles de la expedición; cumplida esta obligación retorné a mi tierra natal, lugar desde el que dediqué parte de mi tiempo a rememorar los pasos dados en la misteriosa selva, revisar el trabajo realizado en la América India, otear con mi mente y mi alma los irrepetibles paisajes y lanzar uno que otro suspiro al pensar en las dificultades en las cuales transcurren las vidas de aquellos seres sumergidos en la extensa y misteriosa montaña.

Yo, el fray Antonio José Prieto, debo aclarar que durante mi permanencia en este selvático escenario, de acuerdo a mi “profano” criterio, no fundé, en estricto sentido y a la usanza de la época, ninguna población como después, con fundado criterio, se habría comentado; quizá, pensaba, mi solo mérito pudo haber sido el “descubrir” un pequeño asentamiento de nativos, el incorporar al cristianismo a aquellos seres considerados como salvajes, indómitos, rebeldes, incorregibles, el ayudar en la organización del poblado y permitir que Gualaquiza sea más conocida, lo cual, en extenso sentido de la palabra, podría considerarse como una fundación. Originalmente pensaba que craso error sería considerar la fecha de mi llegada a esta aldea, 2 de octubre de 1816, como la de fundación de esta hermosa tierra, sin embargo dejo a los historiadores, profundos conocedores de estos movimientos, la tarea de realizar la más correcta exégesis de este hecho que, en eso estoy seguro, es realmente histórico.

Siempre aspiré que mi audacia, mezclada con paciencia, tenacidad y entusiasmo, contribuiría en la construcción de los cimientos de un pueblo que, con el paso del tiempo, se convierta en una hermosa ciudad que a todos enorgullezca; anhelo
asimismo, encontrar en el horizonte infinito a todos aquellos seres sencillos, laboriosos, honestos, visionarios, desafiantes, que con su músculo valeroso, su mente buscadora de utopías y su espíritu bizarro, diseñaron un mejor futuro para todos.

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