Se dirigía a su madre y a sí misma, como pensando en voz alta, sin puntos ni comas. Gesticulaba con las manos, se preguntaba y se contestaba al mismo tiempo.

La mamá escuchaba sin interrumpir. Su tercera hija mujer argumentaba con pasión y creaba historias fantásticas, casi de cualquier cosa.

En un banco de la cocina la mujer le cepillaba la melena ondulada y la adornaba con vinchas y elásticos de colores vivos. Siempre iba al cole peinada con esmero.

Y mientras sujetaba con precisión el moño en la parte superior de la nuca, la pequeña contaba que tenía lista la presentación de Ciencias Naturales. Que fue elegida como oradora principal y que se sentía segura porque le gustaba hablar en público

De pronto, la chiquilla apuró la despedida, se lanzó al cuello de la madre y le susurró al oído cuánto la quería. Ella la acogió en sus brazos y la llenó de besos en los cachetes, así permanecieron un rato, como si el amor no fuera evidente, como si necesitaran de un apapacho extra para declararlo.

Era una niña expresiva, quizá, lo heredó del padre que durante una época animó como payaso en algunas fiestas infantiles. Le divertía que fuera el papá quien pintara sus ojos, sus mejillas y sus labios. Ella organizaba a los niños, repartía premios y aunque era chiquita, aprendió un pequeño sketch que repetían juntos antes de finalizar el espectáculo:

– Payaso-papá: Estoy buscando novia!

– Niña: Eso no, imposible!

– Payaso-papá: Pero por qué??!!

– Niña: Porque las mujeres buscamos una relación seria.

Las risas y los aplausos le daban confianza y asumía su papel con responsabilidad.

Quizá por ser la última, desarrolló una personalidad ingeniosa, segura de sí, solidaria con los necesitados.

Partió esa mañana, como tantas otras, dejando a sus padres con ilusiones en el alma.

Caminaba sonreída mientras repasaba la presentación de Ciencias, haría una pausa dramática justo después de referirse a la anidación de las torturas en Galápagos y pondría énfasis en el cuidado de las crías. Llegó a su escuela con la alegría espontánea de su inocencia.

La jornada estuvo cargada de emociones. La profesora dijo en medio de la clase que su exposición había sido la mejor. Aplausos.

Ya de regreso a casa, estaba ansiosa. Le gustaba compartir historias con sus padres y vaya que tenía una buena. Por el entusiasmo, olvidó sobre el escritorio un trabajo manual a medio terminar con motivos navideños.

Cerca de la parada del bus notó que no tenía dinero suficiente para el pasaje, ingresó a la despensa de su amigo el tendero y con un argumento encantador y travieso le arrebató los cinco centavos que le hacían falta.

Mientras caminaba de vuelta, un hombre de rostro familiar se le acercó, era profesor de educación física y de bailoterapia.

Lo conocía y no resistió las ganas de contarle su triunfo del día con la historia de las tortugas.

Las cámaras de seguridad registraron el momento. Se la ve dando pasos confiados junto al sujeto.

Luego…la nada.

Ya no quiero imaginar las horas y los días siguientes a la desaparición.

Ya no elucubraré ni haré un ejercicio de escenas posibles, ella no lo merece.

Un compañerito de la niña notoriamente conmovido exigía coraje y decisión para no desmayar y continuar la búsqueda.

Decía que la extrañaba porque era su compañera preferida.

El día del entierro, Loja despertó temprano para despedirla.

Familiares, amigos y gente del pueblo abarrotaron la Catedral adornada con centenares de ramos blancos, no cabía un alma.

Los vecinos que apenas habían escuchado hablar de la niña de sonrisa dulce estaban allí, compungidos, como si se tratara de un familiar entrañable. Se sentían con derecho a llorar y a indignarse. Quizá, creyeron que las demostraciones de afecto podrían disminuir el dolor de una familia destrozada.

Las calles de Loja lucieron vacías.

Ese día, muchos no trabajaron y otros salieron antes de hora, lo importante era estar.

La tristeza invadió las plazas y las esquinas de los barrios, no hubo forma de impedirlo. Era como una brisa dolorosa colándose por los rincones de la ciudad, lo abarcó todo.

Luego, el camino más difícil, el más pesado, la romería al cementerio.

De blanco vestía la mayoría, de luz, de pureza, de inocencia.

Caminaba la multitud detrás del pequeño féretro blanco.

Los pañuelos resultaban insuficientes para contener las lágrimas del pueblo. Fue una amalgama de confusión y congoja. Rebuscaban explicaciones e intentaban palabras de consuelo.

En el cementerio, un obrero preparaba la mezcla de agua y cemento para tapar la lápida.

Los sollozos formaban un coro lastimero, desgarrador y profundo.

Las miradas hinchadas de pena parecían irritarse aún más cuando se introdujo el ataúd en la bóveda.

Ahora, aquella brisa dolorosa estaba allí, en medio de los presentes y los obligaba a respirarla y a guardar silencio. Un silencio interrumpido solo por el movimiento de la paleta mezclando el cemento.

Se escucharon los últimos rezos y después, con la lápida sellada, la gente se quedó sola, solos, en un desconsuelo compartido.

El tendero regresará a su despensa y ya no recibirá a la niña carismática y juguetona, va a extrañar sacarla de apuros…esos cinco centavos.

La profesora se las arreglará para impartir clases en un aula con una silla vacía, con una presencia invisible.

Sus compañeras de baile buscarán otra pareja…¿encontrarán una tan buena?

Los padres tendrán que reinventar una vida hecha añicos. Qué hacer con su cama, sus vestidos, sus juguetes. Cómo reemplazarán la melodía de su voz, la fuerza de su sonrisa. Los juegos entre hermanas ya no serán tan divertidos sin la menor, la más ocurrida, la más amorosa…

Los políticos hablarán, como siempre, hablarán…

¿Y los amigos de Emilia? ¿cómo manejarán la ausencia si recién empiezan a vivir?

¿Acaso la olvidarán?

Tarde o temprano alguien más se sentará en ese pupitre, el vacío es un recuerdo insoportable.

Lo peor de esta historia son los casos no contados, penosamente parecidos y marcados por la impunidad.

Luego de la conmoción, de los llantos y las plegarias, Ecuador volverá a la vorágine de la vida cotidiana.

La esperanza de justicia recaerá en aquellas personas que secan pronto sus lágrimas y apretujan el corazón. Que despiertan con el ánimo arriba y decisión en la mirada, resueltas a trabajar por resultados.

Porque se trata de un esfuerzo constante y de largo aliento.

Pero…carajo! si solo era una niña!

FuenteLarepublica.ec
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