La hostia. Rock en el Teatro Real. ¿Pero por qué sorprende? No es la primera vez, aunque sigue llamando la atención. Sencillo: se trata de un escenario dedicado a la ópera mayormente, un género musical cuyo disfrute requiere de un conocimiento previo. No así el rock and roll, música popular para el gozo inmediato. Que Bunbury presente su actual gira en un recinto dedicado a otras lides especialmente cerradas es merecida noticia.

También es cierto que cualquiera puede formarse para entender la ópera, que no tiene porque ser un género elitista y que el rock lleva décadas mostrando un contenido intelectual de peso. Todos los elementos que integran la música son compatibles, uno rasca el alma donde el otro no llega. Se trata de una cuestión de la necesidad del momento. No debería ser tan raro que un artista como Bunbury toque sus canciones en un entorno como este. El rock no es necesariamente música ligera y él está más allá del rock y más allá de cualquier ligereza. Su música nace de una visceralidad emocional que puede prever al Teatro Real como lugar ideal para su catarsis. Buena cantidad de compositores e intérpretes de ópera han dejado visceral huella y gran cantidad de compositores e intérpretes de rock han aportado intelectualidad al formato de canción elevándolo al cielo de las artes, entre ellos el mismo Bunbury.

En giras anteriores, Enrique ya había mostrado interés por llevar sus canciones a patios de butacas, pidiendo indirectamente al público que tuviera en cuenta su faceta de autor comprometido con la calidad más allá de su percepción de ídolo rockero. Sabemos que su repertorio es versátil, siéndolo aún más en el actual “Mutaciones Tour”, en el que ha salteado shows propios con festivales a lo largo de la agenda española. Se hacía previsible una rebaja de rockerío o una intensidad distinta a la habitual, aunque todo era un interrogante. De hecho, aunque el arranque fue al lento ritmo de ‘Ahora’, el crescendo emocional no se hizo esperar, y cuando la audiencia se quiso dar cuenta, ya estaba metida en un show de rock. ‘El camino del exceso’ dio miedo en el mejor sentido de la palabra, ‘La chispa adecuada’ fue muy emotiva y ‘El extranjero’ alcanzó cotas de sana violencia.

Bunbury y Los Santos Inocentes siguen mejorando. Cuando parece que han tocado techo crecen dos palmos más. Tanta gira seguida les ha conferido un poder y una cualidad casi telepática. Donde va uno, van todos. Bunbury, por su parte, nunca se conforma. Es un tío cool, canta al más alto nivel, domina la escena, pero también se preocupa de que una gira aparentemente de grandes éxitos siga siendo un reto, tocando versiones diferentes de los hits esperados. Y la pasada noche Madrid pudo ver al Bunbury más salvaje que recuerdo en mucho tiempo. Simpático, pero salvaje. Era un puto tigre y tenía los colmillos afilados, tanto como para trincar al público y no dejar de sacudirlo hasta dejarlo exhausto. Imponía verlo mirar al techo durante ‘Despierta’, chamán de un hechizo que se hizo carne entre sus seguidores cuando en ‘Maldito duende’ comenzó a caminar entre las butacas, subiéndose a ellas y provocando un histérico delirio entre un público que le dejó bien claro que se lo pasa igual de bien con ‘Avalancha’ que con ‘Más alto que nosotros solo el cielo’. Y él lo supo agradecer entre dentellada y dentellada. Algo mágico está ocurriendo en este tour.

VíaEfeeme.com
Compartir